La misión Beresheet nació como un sueño extraordinario: demostrar que un pequeño país, con un presupuesto muy modesto y un equipo reducido, podía llevar una sonda a la Luna. Su nombre, “En el principio”, evocaba la idea de un nuevo comienzo para la exploración privada del espacio. Concebida para inspirar a toda una generación hacia las STEM, se convirtió rápidamente en un símbolo mundial de ambición científica.
El módulo, del tamaño aproximado de una gran lavadora, fue construido por SpaceIL e Israel Aerospace Industries combinando ingeniería ligera, navegación avanzada y un sistema de propulsión reiniciable. Su masa apenas superaba los 150 kg en seco, una miniatura tecnológica pensada para demostrar que la exploración lunar podía ser accesible y eficiente. Su centro de control estaba en Yehud, Israel, convirtiéndose en el corazón de la misión.
Beresheet transportaba una cápsula del tiempo que condensaba la memoria cultural de la humanidad: textos, imágenes, una copia de Wikipedia, arte, símbolos nacionales y hasta muestras genéticas. Entre sus capas, resguardados en resina, viajaban tardígrados en estado criptobiótico, organismos famosos por soportar condiciones extremas. Era un mensaje para el futuro y un recordatorio del valor de preservar el conocimiento.
Su carga útil científica incluía un magnetómetro del Instituto Weizmann para estudiar la historia magnética local, y un retrorreflector láser de la NASA diseñado para reflejar pulsos desde la Tierra con precisión milimétrica. Ambos instrumentos convertirían a Beresheet en un pequeño observatorio científico en un entorno extremadamente hostil. Aunque sus sistemas térmicos no permitían supervivencias largas, la misión había sido diseñada para condensar el máximo valor científico en apenas dos días.
El viaje hacia la Luna fue un prodigio orbital cuidadosamente calculado. Lanzada como carga secundaria en un Falcon 9 de SpaceX, la nave fue elevando progresivamente su apogeo hasta alcanzar la distancia lunar mediante varias encendidas del motor principal. El 4 de abril de 2019 logró la captura en órbita lunar, convirtiendo a Israel en el séptimo país en lograrlo.
El descenso final, previsto para el 11 de abril de 2019, era la fase más delicada. Un fallo súbito en una de las unidades de medición inercial desencadenó una cadena de efectos imprevistos: reinicios automáticos, interrupción del motor principal y pérdida temporal de telemetría. A pesar de los intentos del equipo por recuperar el control, la nave descendió demasiado rápido para frenar a tiempo.
A 150 metros de altura aún viajaba a más de 500 km/h. Impactó violentamente en Mare Serenitatis, dejando un pequeño cráter y un halo brillante visible por el Orbitador de Reconocimiento Lunar. Sus últimas imágenes, enviadas segundos antes del choque, mostraban la superficie lunar acercándose inexorablemente, pero también capturaban la valentía tecnológica del proyecto.
Tras el accidente, el mundo reconoció el mérito de una misión que había rozado el alunizaje con una fracción del presupuesto habitual. La NASA confirmó que el retrorreflector probablemente sobrevivió, y el equipo de SpaceIL recibió un premio de la Fundación XPRIZE para impulsar una futura misión Beresheet 2. Aunque la sonda nunca llegó a funcionar en la superficie, su legado permanece como ejemplo de innovación, cooperación y resiliencia.