Copernicus es uno de los cráteres más majestuosos y reconocibles de la superficie lunar. Situado en la región oriental del Oceanus Procellarum, destaca como un ejemplo perfecto de los cráteres jóvenes del Período Copernicano, caracterizados por un sistema de rayos brillante y muy extenso. Su accesibilidad visual, incluso con prismáticos sencillos, lo ha convertido en uno de los destinos favoritos de astrónomos aficionados y profesionales desde hace siglos.


La ubicación de Copernicus es estratégica dentro del hemisferio visible de la Luna. Al sur se expande el Mare Insularum, mientras que hacia el norte se elevan los Montes Carpatus, que marcan el límite sur del Mare Imbrium. La zona oeste muestra un paisaje de colinas dispersas, restos de antiguos procesos volcánicos y tectónicos que enmarcan al cráter como una joya geológica aislada. Su apariencia bien conservada confirma que se formó relativamente hace poco en términos geológicos.


Aunque su borde es casi circular, la perspectiva terrestre le confiere un aspecto ligeramente hexagonal. La pared interior, de unos 30 kilómetros de ancho, muestra tres niveles de terrazas producidas por deslizamientos de material durante el impacto inicial. Estas terrazas, visibles incluso con telescopios medianos, recuerdan que la formación de Copernicus debió ser un evento violento y masivo, capaz de remodelar la roca lunar a gran escala.


El interior del cráter revela una composición variada. La mitad sur es montañosa, mientras que la región norte presenta un suelo más suave y homogéneo. Tres picos centrales dominan la escena, elevándose alrededor de 1,2 kilómetros sobre el fondo del cráter. Dispuestos a lo largo de un eje este-oeste, estos picos representan fragmentos del rebote elástico del suelo tras el impacto, y su composición rica en olivino máfico fue confirmada mediante observaciones infrarrojas en la década de 1980.


Uno de los rasgos más espectaculares de Copernicus es su vasto sistema de rayos. Estos surcos brillantes, formados por material eyectado, se extienden hasta 800 kilómetros a través de los mares cercanos. A diferencia de los rayos lineales de Tycho, los de Copernicus forman patrones nebulosos y ondulados, con zonas donde los filamentos se cruzan entre sí. En torno al cráter aparece un conjunto de cráteres secundarios en forma de cadenas sinuosas, que ya fueron representados en un mapa de Giovanni Cassini en 1680.


La fotografía oblicua tomada por Lunar Orbiter 2 en 1966 convirtió a Copernicus en un icono científico. Aquella imagen, descrita por la NASA como “una de las grandes fotografías del siglo”, reveló por primera vez la estructura tridimensional del cráter con una claridad sin precedentes. Su valor histórico es tal que sigue apareciendo en exposiciones dedicadas a los primeros años de la exploración lunar.


Durante la misión Apolo 12, los astronautas aterrizaron en una zona del Oceanus Procellarum que se creía ubicada dentro del área afectada por los rayos de Copernicus. El análisis de las muestras recogidas proporcionó una estimación aproximada de 800 millones de años para su edad, lo que avaló su clasificación como uno de los cráteres jóvenes más significativos del satélite. Copernicus también llegó a considerarse como posible destino de la cancelada misión Apolo 20.


El nombre de Copernicus fue asignado por Giovanni Riccioli en 1651, un gesto cargado de ironía histórica. Aunque Riccioli, como jesuita, debía alinearse con la oposición al heliocentrismo, otorgó a Nicolás Copérnico uno de los cráteres más prominentes del mapa lunar. Algunos historiadores sospechan que fue una forma velada de rendir homenaje a la revolución científica copernicana. Antes de que su nombre quedara fijado, este cráter recibió múltiples denominaciones: “Carthusia” para Gassendi, “Phillipi IV” para Van Langren y “Etna M.” para Hevelius. Con el paso del tiempo, la comunidad astronómica terminó reconociendo su importancia y le otorgó el título informal de “Monarca de la Luna”.


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